TERTULIANOS
Hace unas semanas tuve la oportunidad de ver un programa que Televisión Española hizo en la década de los 80 a modo de conmemoración del 50 aniversario del Congreso de Intelectuales Antifascistas.
Este acontecimiento tuvo lugar en la Valencia de 1937, una ciudad convertida en capital forzosa de una república que comenzaba a perder la situación de tablas que hasta entonces había imperado en la guerra, y que buscaba desesperadamente el apoyo del mundo democrático por todos los medios posibles. En este caso mediante la palabra de escritores y demás pensadores allí reunidos.
Pues bien, para tratar un tema de tal hondura, la cadena pública reunió a un grupo de intelectuales, entre los que figuraban Vargas Llosa, Vázquez Montalbán, Octavio Paz, Jorge Semprún, etc…y mi sorpresa fue ya mayúscula desde los primeros minutos del programa.
Quedé directamente maravillado al comprobar la cadencia con la que se sucedía el debate. Respeto, respeto y más respeto. Tanto en las opiniones como en los turnos de palabra, todos ellos tenían la más absoluta cortesía y deferencia para con sus contertulios, pese a que en ese plató había sentados desde convencidos comunistas hasta obstinados liberales.
Un comportamiento así está en las antípodas, salvo dignas excepciones, de lo que hoy suele cocerse por los platós de la mayoría de programas que incluyen contenido político y su consabido debate. No hay color. Aquí uno llega a pensar si los que están allí rasgándose las vestiduras con más pasión con la que defenderían a su propio hijo ante una agresión en el colegio, no son en realidad intérpretes que entran al estudio con su papel bien memorizado.
Se diría que, como un buen abogado defensor, utilizan todas las armas argumentales a su alcance para obtener el mejor resultado posible para su cliente en esta especie de juicio televisivo. Hablo por supuesto de algunos tertulianos políticos. Éstos tienen generalmente un don de palabra y un conocimiento de la materia superior al del ciudadano medio. Por ello resulta sorprendente que participen y contribuyan, mediante sus acaloradas intervenciones televisivas, a fomentar el clima de crispación visible en la política y en la sociedad actuales.
Los propios programas de televisión alimentan estos espectáculos situando a los supuestos adversarios políticos frente a frente, como si de parapetos se tratasen, dando rienda suelta al fuego cruzado entre uno y otro sector, como si de una balacera se tratase.
Durante los dos últimos siglos este papel había sido representado con eficacia por el intelectual clásico, en los periódicos y en las tertulias de los casinos y ”Cafés Gijón” de turno en las distintas ciudades del país, donde no faltaban ni las palabras gruesas ni el respeto a las opiniones diferentes.
En cambio, hoy en día, con un acceso a la información globalizado, el contraste de pareceres no queda limitado únicamente a las cuatro paredes de aquellos antiguos salones, ya que se distribuye abiertamente por los media a toda la población, la cual posiblemente prefiere el espectáculo traducido en broncas, aspavientos y demás florituras verbales, antes que la seriedad y rectitud de aquellos viejos pensadores que, situados en su elevada posición en el atril del conocimiento, marcaban una línea invisible pero contundente entre ellos y el resto de sus congéneres.
Viendo el panorama me decido a cambiar de canal y poner un programa de corazón. Allí las formas y la dinámica son las mismas, pero al tratar temas que me resultan casi completamente indiferentes puedo regocijarme un poco en las pequeñas desgracias ajenas sin pensar que, a diferencia de los otros, éstos no representan el panorama político actual de mi país. ¿O sí?
Notas Relacionadas:
LA IMAGINACIÓN
DOS BODAS PARA DOS HERMANOS
Publicidad

Comentarios
Los comentarios los gestiona Disqus (servicio externo). Al abrirlos se cargan sus cookies y su política de privacidad.