EL CUARTO PODER
Contaba un respetable periódico francés allá por el verano de 1937, en relación con el bombardeo aéreo y posterior incendio de la ciudad vasca de Guernica, que aquel trágico episodio había sido ideado por las oscuras hordas anarquistas que pululaban en esos revueltos tiempos por la milenaria ciudad.
Al parecer, en un arranque de ira, habían decidido prenderle fuego hasta reducirla a cenizas con el objeto de aleccionar a sus moradores católicos, a los que debían odiar poco menos que hasta la muerte.
Dicho periódico, al mostrar a toda plana aquella noticia con impresionantes fotografías de la destrucción ocasionada, no tuvo ningún rubor en afirmar aquella tesis, no ya sin contrastar, sino directamente inventada. Incluso siguió enrocado en sus falsas acusaciones una vez el asunto fue finalmente resuelto, demostrándose la verdadera autoría de semejante despropósito.
Su evidente objetivo era movilizar a los lectores a favor de una línea de opinión, la suya concretamente, la cual consideraban más acertada para promover el rechazo a la intervención francesa en la guerra civil que estaba ocurriendo al otro lado de los Pirineos y que amenazaba la paz interna dentro del territorio galo, aun usando mentiras, o fake news que se diría ahora, para conseguir dicho objetivo.
No me corresponde poner en duda aquí el ideario político de aquel periódico sino censurar el modus operandi del que se sirvió para intentar inculcar una idea a sabiendas falsa y perniciosa valiéndose de su papel de informador “oficial” y acreditado.
Tampoco me corresponde poner en tela de juicio, ni mucho menos, a la prensa francesa, y si reconocer sus logros. Por citar alguno, recordar la famosa intervención de Émile Zola contra el gobierno de la tercera república en el turbulento caso Dreyfus.
Desafortunadamente este hecho, lejos de ser un acontecimiento aislado y fortuito en la historia, se convirtió ya desde sus inicios, en una manera de proceder cada vez más habitual, deslegitimando con ello el papel de observador que ha de atribuírsele a la prensa y demás medios de comunicación, así como menoscabando la reputación de aquellos periódicos que si se regían por unas normas éticas de compromiso a la verdad para con la sociedad.
Aquello que dio a conocerse como opinión pública, se convirtió en un actor principal de la vida en comunidad, con una fuerza capaz de llegar a cotas de protesta hasta entonces impensables. Capaz incluso de tumbar gobiernos, aquella naciente masa de opinión debía ser tomada en cuenta, agasajada y algo más abyecto: moldeada para reducir su potencial. Nacía así el poder de la prensa, aquello que en los Estados Unidos llamaron el cuarto poder.
En el mundo democrático en el que vivimos, los poderes están divididos para que puedan autorregularse y, dentro de cada uno de ellos participan representantes de distintas ideas, perspectivas y sensibilidades políticas. Por ello, y sin pretender mostrar más ejemplos extremos como el mencionado al principio de este artículo, no resulta pernicioso, sino que es completamente válido y necesario que el cuarto poder este repartido entre medios de distinta base ideológica.
Esta pluralidad aporta distintos enfoques a la hora de observar la realidad que enriquecen el análisis de los procesos sociales, añadiéndole las necesarias dosis de humildad y honradez intelectual que permiten conseguir el doble objetivo de este inmenso poder: informar y formar, siempre desde el respeto y el compromiso con los ciudadanos.
No hace más que venirme a la mente, por toda su vigencia actual, la genial película de Orson Wells, Ciudadano Kane. En ella se nos presenta la imagen caricaturizada de un magnate de los medios que decide dar el salto al estamento político sabiéndose apoyado por su inmenso imperio de comunicación escrito y radiofónico.
No quiero olvidar otras como Network o El gran carnaval, películas que nos recuerdan las oscuras aristas que en ocasiones subyacen tras un ejercicio tan libre y necesario como es el periodismo.
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